La nueva mirada social de Lacan
¿El psicoanálisis está en crisis? "En transformación", dice Eric Laurent uno de los psicoanalistas lacanianos más famosos de la actualidad. Laurent, quien estuvo en Buenos Aires —invitado por una institución porteña— para dictar cursos y para supervisar a colegas y discípulos, señaló ante unas setecientas personas que lo escucharon en La Plaza que la técnica freudiana quiere ocuparse de algunas cuestiones sociales que antes no necesariamente entraban en su consultorio ni en su teoría.
—¿El psicoanálisis está capacitado para dar respuestas a situaciones tan angustiantes como las que hoy se viven en diferentes lugares del mundo?
—El psicoanálisis por lo menos puede acoger estas angustias nuevas o "formas renovadas" de la angustia. Hubo en la historia grandes epidemias de angustia social pero hoy no estamos en una época así ni tampoco hay crisis de milenarismo, no es el caso. Pero estamos en una época en la que tenemos la racionalización más grande de nuestra cultura, en la que la ciencia y la técnica cada vez ganan más terreno y organizan, cada día más, nuestra vida. Pero hay cosas que se vuelven imposibles de organizar, como la economía, de manera tal que no haya esos altibajos: crisis financieras masivas brutales, como nunca en la historia. Los medios de comunicación mismos, que están hechos, supuestamente, para racionalizar, se tranforman en instrumentos de pánico. Nos explican que, por ejemplo, la catástrofe de la Bolsa es debido al hecho de que unos programas de compras automáticos se activaron simultáneamente y provocaron fenómenos de extensión brutal. Después de la Segunda Guerra Mundial había una gran confianza de que con la ciencia el mundo iba a ser mejor. Ahora hay mucha menos confianza. Uno tiene la idea de que hoy con la ciencia es mejor ser precavido. De la misma manera, en el campo de la política entramos en un siglo de mayor incertidumbre: antes, los dos lados del Muro eran más fáciles de comprender. En este mundo unificado, globalizado no hay alternativas porque hay una civilización única donde, efectivamente hay incertidumbre respecto de las distribuciones y las políticas. Este mundo es mucho más individualizado y los agrupamientos, las identificaciones tienen dificultades para dar a cada uno sus identificaciones. Cada uno está más libre de inventar su vida, sus identificaciones, con un margen muy grande. Esto ha podido ser entendido como una de las causas de la extensión en nuestra civilización de la idea de "depresión". Brutalmente dicho: hay deprimidos por todas partes, como una verdadera epidemia.
—¿Hay una mayor religiosidad?
—Con esta caída de las grandes identificaciones, las grandes maquinarias que podían a uno ordenarle la vida, cae un peso sobre la espalda de uno que es a veces demasiado pesado. Y así las tentaciones son buscar identificaciones comunitaristas. Reorganización, se ven grupos que se ordenan alrededor de un fundamentalismo religioso o de sectas diversas, o de extensión de un modo de religiosidad que escapa a los cánones clásicos. Se ve, por ejemplo en la extensión del evangelismo, que por todas partes une comunidades de un modo religioso, al mismo tiempo más democrático, más cerca de la gente, en ceremonias nuevas, y este modo constituye una identidad común. Más allá, se ve en el mundo una nueva llamada a un Dios que podría decir lo que hay que hacer en la vida. Las últimas elecciones norteamericanas son, desde este punto de vista, interesantes, y hacen pensar mucho sobre cómo la gente se refugia o se busca defensas contra la extensión de estas nuevas incertidumbres. Y cada día van a ser peor. Estamos entrando en un mundo mucho más probabilista, en el cual le van a decir: "Usted tiene el 15% de posibilidades de tener un infarto entre los 42 y los 46 y entre 30% de desencadenar una enfermedad". No son certezas, son probabilidades. Entonces, se introduce una cierta dirección angustiosa en el mundo. Un mundo en el cual va a ser más difícil tener una certeza. Y la combinación de la extensión de la ciencia y el individualismo de masa produce un nuevo mundo complejo en el cual los analistas escuchan nuevas demandas, nuevas maneras de formular la queja.
—¿Y qué hace el psicoanálisis ante este panorama? ¿Se actualiza, lo toma en cuenta, es indiferente?
—En los últimos treinta años hubo una gran diversidad y diversificación de los campos de aplicación del psicoanálisis. Hubo una época en la cual los psicoanalistas insistían con el hecho de que el psicoanálisis se utilizaba como un método muy rígido en las formas, en la manera de aplicarse, hasta el hecho de que se hablaba de una "cura tipo". Fue muy criticado por diversas orientaciones analíticas, pero especialmente por Lacan, que escribió en 1955 un artículo titulado "Variantes de la cura tipo". Ahora el psicoanálisis se ha diversificado y aplicado a toda clase de patología que antes no encajaba en el método general gracias a la extensión de las psicopatologías como psicosis, casos límites, la extensión del campo a niños, adolescentes, personas de la tercera edad, que ahora componen una parte importante de aplicación. O también por las contradicciones entre las familias recompuestas, familias monoparentales, familias gay, lesbianas, problemas de adopción. El trabajo de los analistas ha sido el de inventar maneras de responder a todas estas transformaciones que producen sus contradicciones, sufrimientos emocionales, su dificultad para pensar lo nuevo, para no sentirse rechazado. Hay cosas que no llegan al diván. Por ejemplo, escuché que el ministro de Salud francés ha dicho que el psicoanálisis no servía en problemas como la violencia o la adicción. Pero hay muchas maneras de trabajar desde el diván. Hay centros de atención a la drogadicción, a los problemas de violencia, que necesitan de un modo particular de inserción. Los drogadictos necesitan tener una asistencia médica, drogas de sustitución pero sin que se olvide que precisan establecer un lazo social. Eso implica hablar de cuerpo a cuerpo con el otro. Entonces, esto no es oportuno sólo en el diván. Necesitan un tipo de lugar para acogerlos, para atender las necesidades que tienen, pero esto también es parte de la aplicación del psicoanálisis. Si no se olvida que, cualquiera sea el modo de asistencia, hay una necesidad de lazo social, de palabra, para reintroducir a estos sujetos, que cuelgan de nuestra atmósfera pero que se van por senderos de perdición. Precisamente, se trata de permitirles dar un paso a un lado de ese camino. En este sentido, pienso que hay una utilidad social del psicoanálisis en la variedad de sus aplicaciones, más allá del hecho de que utilidad social es una palabra que dentro del psicoanálisis tiene que ser manejada con precaución. Porque conocemos el límite de la utilidad y de experiencias como aquellas de las que Freud habló en "Más allá del principio del placer" (donde se habla de que hay un "goce" que permite tener un placer más allá del placer).
—Llegan imágenes terribles por Internet donde se ven asesinatos de rehenes en Irak o asesinatos de iraquíes desarmados sorprendidos en plena noche o las fotos de las torturas en la cárcel de Abu Ghraib. ¿Cómo repercuten, a pesar de que se trata de algo muy lejano? ¿No hay una sensación de que esto le puede pasar prácticamente a cualquiera?
—Precisamente estamos investigando el efecto que produce la emisión en masa de imágenes de este orden. La historia de Abu Ghraib es realmente ejemplar. Son fotos tomadas eludiendo controles. Antes era mucho más fácil de controlar la circulación de imágenes. Hay todo un sistema impresionante que controlan los medios norteamericanos. Estamos en una producción de masa democrática de imágenes insoportables de ver, que se producen cuando hay un error en masa. Es claro que hubo algo como una epidemia cuando, después de los atentados de Nueva York, las imágenes fueron pasadas por las cadenas de televisión norteamericanas. Los psiquiatras atestiguaron que hubo psiquiatras o psicoanalistas trabajando sobre crisis de angustia muy fuertes. Las demandas de alivio, y de análisis, fueron numerosas después del 11 de septiembre. Y creo que producen traumas. Cuáles son, cómo va a seguir esto y cómo vamos a aprender a vivir después de esto. Imágenes van a surgir sin que nadie lo quiera en la pantalla de su ordenador, a cualquier hora del día. Vamos a tener spam de fotos, como el correo electrónico basura. Entonces, sin duda, aprendemos a vivir con objetos que cada día nos embarazan y nos angustian más.
—El temor a perder el trabajo, a no encontrarlo, a morir de hambre incluso, pueden tener consecuencias más allá de lo individual y romper los lazos de comunidad. ¿No cree que estos miedos colectivos, terminan atacando al individuo?
—¡Ah, sin ninguna duda! La angustia por el trabajo ahora se hace insoportable. El nivel de angustia es mucho más fuerte que en la época del desarrollo más lento del capitalismo global. Ahora el movimiento se hace más rápido, se produce un nivel de incertidumbre muy fuerte. Ahora nadie puede tener el mismo tipo de trabajo al inicio que al final de su vida. Cada uno va a tener períodos de desamparo y eso es normal. Entonces, por supuesto, esto da una idea del nivel de inseguridad que toca el lazo social. Esto puede producir el rechazo al extranjero o la idea de globalización, que sólo lleva angustias, miserias diversas, etcétera. En la Argentina, la rebeldía contra los bancos extranjeros fue muy fuerte. Pero al mismo tiempo la acogida de los turistas es muy cálida. Se ve el interés en la Argentina por inventar, en una situación de tensión, de estrés social, soluciones y esto genera la idea de que la Argentina funciona como un laboratorio para todo el mundo. Y cuando se ve la energía de toda la política argentina, del gobierno actual, y con lo cual hacen frente a una masa de problemas, se ve que se da empuje al país. Esto lo digo sin desconocer que la Argentina no vive un sueño de oro.
—Muchos creen que para estos miedos y angustias el psicoanálisis no es la mejor respuesta, básicamente por la duración de los tratamientos. Entonces aparecen las terapias breves como opciones válidas, ¿usted cree que pueden trabajar en estas dolencias?
—Ah sí, por supuesto. Y el psicoanálisis teoriza una terapia breve. Una de las variaciones en el psicoanálisis es pensar que el largo plazo puede no ser para todo el mundo. Forma parte de la dimensión de la civilización, es así, efectivamente, por muchas razones y por muchas sobredeterminaciones, todo va más rápido. Y no sólo Internet, los movimientos de capital indican una exigencia así. Y hay gente que viene y que pide tratamientos breves y se queda largo tiempo. Hay otros que piden un tratamiento breve y que se van rápidamente, mejorados, reconciliados con algo. Y creo que precisamente hay que seguir y aplicar el psicoanálisis a patologías a las cuales Freud no había ni pensado aplicar. No es un problema sólo de un modo de demanda nuevo. Hay que adaptarse y tratar de responder manteniendo los principios del psicoanálisis, como el tratamiento por la palabra, la transferencia, que es la base del concepto freudiano. Simplemente hay que aplicarlo de otra manera.
—Elisabeth Roudinesco ha dicho en Buenos Aires que el psicoanálisis está en crisis desde hace unos diez años, pero no por culpa del psicoanálisis sino de los psicoanalistas que no se adaptan a las nuevas problemáticas sociales...
—Concuerdo con Elisabeth Roudinesco, que es una amiga, y especialmente creo que los analistas tienen que alentarse, animarse a, sin angustias, probar lo nuevo y adaptarse. No todos los psicoanalistas necesariamente aman la transformación, la producción de lo nuevo, la modernidad de la posmodernidad. No aman necesariamente los caminos nuevos de la civilización, pero se les puede presentar en forma tal que les pueda interesar. Insisto con el hecho de que hay que reconciliarse, de este modo, con la transformación con lo que a veces aparece enigmático. Son, digamos, momentos no tanto de transmisión del saber sino de elaboración común y de desciframiento de lo que está en juego hoy.
—Usted suele referirse a una figura novedosa del mundo psi que es el psicoanalista-ciudadano. ¿Qué representa?
—Es un psicoanalista que considera que tiene que hacerse escuchar en el campo de la civilización. El psicoanalista-ciudadano es alguien que trata de elaborar lo que dice de una manera tal que pueda incidir. Considero que, por ejemplo, he tratado de ser un psicoanalista-ciudadano cuando escucho las declaraciones del ministro de Salud y trato de elaborar una respuesta positiva. Considero que hay que ayudar al ministro a modificar lo que me parece que son algunos prejuicios y que dañan. El problema no es sólo defender los intereses del analista sino los de la gente que viene a ver al analista.
—¿Cómo considera usted la relación del psicoanalista con la sociedad?¿Cree que van por el mismo camino?
—La posición del analista es paradojal. Al mismo tiempo que elige el campo de elaborar las formas de lo nuevo en la cultura tiene la certeza de que hay una incompatibilidad entre la satisfacción y el programa de la civilización, lo que produce. Freud describió esta imposibilidad de reconciliación entre la satisfacción libidinal, que sería armónica, con la civilización. Lo que hay son síntomas de lo que no encaja, de lo que no va. Entonces, el analista no tiene más remedio que acompañar las formas de invención de lo nuevo en la civilización, que hay que hacer, porque cada forma de evolución de nuestra cultura enfrenta problemas nuevos. Siempre tendremos formas sintomáticas a interpretar.
—¿Existe una respuesta acotada a la pregunta de cuándo se termina un tratamiento?
—En el psicoanálisis siempre se evalúa caso por caso. Pero también se puede repetir aquello que dijo Lacan alguna vez: que el psicoanálisis se termina cuando el sujeto está contento, cuando está satisfecho.
* Aparecido en la Revista de Cultura Ñ – Suplemento del diario Clarin N° 73 del sábado 19.02.2005 - http://www.clarin.com/suplementos/cultura/ultimo/u-924574.htm

